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En contra de la moraleja

Yo no escribo para niños. Yo escribo, y después alguien dice: “¡Eso es para niños!”
— Maurice Sendak

Usamos la narrativa como forma de darle orden a aquellas cosas que no lo tienen. Por eso es curioso la forma que han adquirido estructuras de historias clásicas desde que existe industria infantil (en realidad, hace dos días; antes la literatura infantil era, simplemente, folclore).

Los finales felices tal y como los conocemos hoy han nacido hace relativamente poco. Cualquiera que haya leído los cuentos de los Hermanos Grimm, de Hans Cristian Andersen o de Charles Perrault (eso sin contar equivalentes orientales como el Panchatantra hindú o las 1000 y una noches) sabe que las moralejas que se generaban por aquel entonces, aquellas lecciones que sacabas una vez terminado el relato, eran, en muchas ocasiones, contradictorias. A veces había buenos y malos, a veces no; en ocasiones el protagonista era castigado irremediablemente o pagaba el precio de sus errores. Lo comparamos con los finales que obtenemos a día de hoy y el resultado es para partirse la caja.

Salvo por las expectativas existenciales que nos han generado. Esas no hacen ni puta gracia.

Sobre el fenómeno social que hemos heredado la generación Disney hay muchos artículos en revistas online hipster que te van a decir que menuda putada por pensarte que eres la Sirenita o La Bella y la Bestia, que ahora a ver cómo lo gestionas, que la culpa la tienen tus padres por decirte que intentes conseguir lo que ellos no han conseguido y que menos mal que ahora a tu novia le apetece dejarse pelos en las piernas y en los sobacos porque así no la sexualizas y dejas de convertirla en un trofeo. Hijos de un sistema que les ha convertido en víctimas y no en responsables, alimentados por un entretenimiento en el que los personajes apenas tienen conflicto y que no asumen las consecuencias de sus actos. A los que “les pasan” cosas y parece que no hacen nada. Manojos emocionales sin los recursos para gestionarlas, reconocerlas y aplicarlas.

Un cinismo distanciado que nace de la aplicación masiva de la moraleja. Adoro la sencillez de los cuentos clásicos, que puedan extenderse, transformarse y reconvertirse siendo en realidad una pequeña lección resumida en una frase. Y sin embargo creo que son uno de los mayores males de la sociedad moderna, que ha aplicado esta estructura a tal escala que ha convertido la lección en un cliché, el arquetipo en un estereotipo y a los príncipes azules en auténticos gilipollas.

Admiro mucho a estas últimas generaciones de escritores infantiles (Neil Gaiman, Lemony Snicket, los grandes genios de Pixar, algunas de las películas de la era dorada de Disney), pero necesitamos más escritores y menos infantiles. Pretender que a un niño se le deben ocultar ciertas cosas de la vida por el hecho de que no tiene recursos para asimilarlas me hace preguntarme cómo cojones vivíamos hace 400 años cuando cualquier día alguien podía saquear tu casa o cada X meses corrías el riesgo de morir de hambre. Los niños africanos, a los que tanto compadecemos, padecen auténticas miserias y sin embargo viven una vida plena, con sus luces y sus sombras. Nosotros pensamos que nuestra vida es una mierda porque hemos perdido nuestro iPhone. Y el responsable no es capitalista, es cultural.

Necesitamos más radicalismo narrativo. Más Hora de Aventuras y menos Disney. Menos moraleja y más pregunta. Que sustituyamos la lección de turno por un coitus interruptus. Aprender lo que significa la frustración emocional, ya que hemos llegado a un punto de comodidad extrema que nos hace sentirnos con derecho a todo lo que queremos.

El otro día hicimos un formato de improvisación teatral que consistía en contar una anécdota de la infancia. Esta tenía que ser real. Luego, el resto de improvisadores se dedicarían a escenificarla, bien inspirados por la historia en sí misma o bien por su temática o contexto de la misma. Mi historia iba sobre un amor de instituto que no llegó a nada en parte por mi cobardía y en parte porque, simplemente, a ella le parecía feo. No había lacito que ponerle. Cuando llegó el momento de cerrarla, me resultó imposible darle otra conclusión más limpia. Una moraleja. Me enamoré de la persona equivocada y punto. Eso generó una terrible incomodidad en el público, como si el terminar una historia así “no pudiese ser”.

Me pregunto hasta qué punto, si contásemos historias a nuestros hijos con este espíritu, vivirían más felices porque sabrían que es lo que se esperan.

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Qué es lo que NO quiero ser

Tenemos tanta prisa por saber quién queremos ser.

En realidad, es muy lógico. Enciendes la televisión, te conectas a Facebook, a Instagram, a YouTube, y ves todas esas personas.

“Lo tienen tan claro”, piensas.

“¿Por qué a mí no me pasa lo mismo?”.

Porque en realidad ni ellos lo tienen tan claro.

Llevo cerca de un año intentando asentar un proyecto de canal de YouTube. Un año. Era marzo de 2016 cuando hablaba con mi colega Diego sobre qué tipo de contenido quería hacer. Ochocientas ideas rondaban mi cabeza, y me parecía uno de los mayores retos a los que podía enfrentarme. Ahí, al mismo nivel que hacer un largometraje o una obra de teatro contemporáneo. Abrirme un puto canal de YouTube.

Parecía fácil.

Un año después, ahí sigue el contador paralizado en agosto del año pasado, con unos pocos videos de más, muchos en cola, y aun las mismas ideas agolpándose en la cabeza.

¿Por qué tíos con un supuesto menor nivel audiovisual y menos experiencia en mi sector consiguen sacar videos todas las semanas y yo no?

Quizás porque el problema está en que no quiero ser como ellos, y eso me está llevando más tiempo del que pensaba.

Es hablar lo que hace que parezca extremadamente fácil. Es pensar, idear lo que es extremadamente fácil.

Las ideas no sirven para una puta mierda. Solo sirve lo que haces. Lo que sacas. Tus acciones. Creerse único es lo más fácil del mundo. No ser como los demás es lo jodido.

Es un miedo que veo muy común a muchos creadores. Que nos paraliza, diría yo. Como no quieres parecerte a los demás, como no quieres ser como aquel, piensas, tienes que ser único a la primera. Y eso no existe. Es un proceso de criba, de fallo/error constante, muchas veces invisible para el público, pero que hoy en día se hace más transparente que nunca por las obligaciones de la era digital. El sacar algo sí o sí porque toca. El compartir el proceso. Términos que pueden resultar muy violentos para alguien que está empezando, y que pueden llegar a asustar porque todo el mundo te ve.

Por eso, para saber de verdad quién quieres ser, o para descubrir quién eres, siendo más precisos, primero tienes que ser aquello que detestas. Comprobarlo, vivirlo en tus carnes. Tocar aquellos sitios comunes que parecen que se encuentran por debajo a tus habilidades. Familiarizarte con su sabor. Intentar que te guste. Luego, saltar al siguiente. Y así una y otra vez, hasta que consigas la capacidad de poder parecerte a quien quieras, coger lo mejor de cada casa, y ponerte a hacer la receta perfecta. TU receta perfecta.

Quizás eso nos lleve toda la vida. Pero de eso va esto, digo yo.

Post Scriptum: Todo esto es una forma elaborada de deciros que esta semana he decidido probar un nuevo formato: el de hablarle directamente a la cámara. “En crudo”, lo he titulado. Porque me gusta ponerle títulos a las cosas, aunque se me de mal. ¿Veis? Eso sí lo tengo claro.

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Sobre hacer demasiadas cosas a la vez, la nueva dinámica del blog y Tipología del Abrazo

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Sobre hacer demasiadas cosas a la vez, la nueva dinámica del blog y Tipología del Abrazo

Son cerca de las 11:30 de la mañana. Estoy empezando a escribir esto en el Teatro Maravillas y tengo el cañón de luces zumbando a mi lado. Hoy, hago de técnico. No estoy acostumbrado y no es lo mío, aunque con el tiempo he aprendido a hacerlo de forma muy rudimentaria. Forma parte de este trabajo, el ser multidisciplinar. En teatro, quien hace solo una cosa tiende a depender demasiado de los demás. Y, por lo tanto, o tienes dinero, o muchos amigos, o estás muerto.

En este tipo de trabajo nunca puedes hacer demasiadas cosas a la vez. En general, el mundo se está adaptando a una especie de neorenacimiento capitalista: los emprendedores tienen que ser empresarios, líderes, desarrolladores web, relaciones públicas, diseñadores o lo que toque. En el mundo creativo es hasta peor: existe tal overbooking de filmmakers que solo aquel que sabe hacer de todo consigue mantenerse lo suficientemente competitivo para triunfar. La tecnología de hoy en día, obviamente, ayuda, pero también te hace esclavo de ella.

No sé qué decir sobre mi caso. He usado Photoshop y Dreamweaver desde los 13 años, he sido blogger desde los 11, he trabajado en publicaciones periodísticas desde los 17 y prácticamente llevo la última década alternando entre trabajar haciendo cine y teatro. Y no solo dirigiendo y escribiendo: también edito, diseño, creo webs… No es que me guste fardar, pero mi forma de entender la creatividad es inherentemente multidisciplinar. Me siento cómodo cambiando de sombrero, me ayuda a tener mejores ideas. Sé delegar cuando toca hacerlo, pero por lo general, me cuesta. Y esto a veces juega en mi contra, porque termino metiéndome en más jardines de los que me tocan.

¿Cómo lo gestiono? De forma simple y sencilla: no lo hago. Me acuesto en la cama que me he fabricado. Si el tener que hacer X cosas a la vez implica que duermo menos horas, lo hago; si implica que el resultado es técnicamente un puntito inferior, lo hago; si algún elemento de menor prioridad tiene que dejar de hacerse, no se hace. Aquí, imagino, que está la clave. Si conoces tus prioridades, si sabes por qué haces las cosas, automáticamente todo cobra otro cariz. Las cosas “urgentes” dejan de serlo, porque no son las importantes.

Mi corto para el NOTODOFILMFEST, Tipología del Abrazo.

La semana pasada lo importante fue estrenar Tipología del Abrazo cara a la XV Edición del NOTODOFILMFEST. Fue mi respuesta a cuatro años sin hacer ficción audiovisual (aunque me metí en proyectos interesantes, como el videoclip electrobarroco de ”La vida es Sueño” con Berto Romero y Ana Morgade). También fue mi intento de meterme en el jardín de empezar a iluminar y a operar mi cámara. Lo hago para ser más ágil y poder depender de menos gente a la hora de seguir haciendo cosas de este tipo. Hablaré de mi experiencia con este corto en un video que intentaré os sea útil.

Lo alucinante del tema fue cómo entregué el corto al festival. El plazo caducaba el día 1 de marzo a las 12:00 y acepté que no llegaba. Hasta entonces había asuntos de trabajo que eran más importantes. De repente, anunciaron que ampliaban el plazo una vez más y se me abrió la ventana: tenía un viaje ida y vuelta a Alicante en el día, varios trabajos que editar y funciones en el Teatro Maravillas, pero de alguna forma podía machacar el Premiere Pro y el Audition hasta el último momento. Hice click en “subir” en el minuto exacto en el cual expiraba el plazo. Fue una noche loquísima en la que me volví loco y eufórico al mismo tiempo.

La prioridad de esta semana ha sido ponerme al día con varios asuntos, entre ellos este blog: a partir de ahora, publicaré de forma regular todos los domingos cerca de mediodía, a las 12:00. El objetivo es hacer un pequeño resumen escrito de la semana que complemente con el contenido que haré en video. Hablaré sobre vida creativa, sobre los retos de cada uno de los jardines en los que me meto, e intentaré, sobre todo, dar información o experiencias que puedan ser útiles a gente que pueda estar en situaciones parecidas a las mías.

También, a partir de mañana recuperaré mi canal de YouTube. Publicaré videos los lunes y los jueves: los lunes subiré un vlog y los jueves contenido más educacional/informativo/de opinión. Porque nunca se hacen demasiadas cosas cuando uno hace lo que le gusta.

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Por qué levantarme a las 6AM me hace más feliz

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Por qué levantarme a las 6AM me hace más feliz

Tenemos la costumbre, al menos aquí en España, de ver el madrugar como un perjuicio, como si alguien nos hubiera puesto una losa en la espalda, como si Dios nos hubiese lanzado un rayo fulminante firmado “jódete y madruga”. Nos encanta trasnochar, que lleguen la 1 o las 2 de la mañana y estemos viendo la tele, jugando a la consola, poniéndonos a escribir nuestra novela, o terminando este proyecto al que tenemos unas ganas tremendas. Yo también era de aquellos trasnochadores natos: una coca-cola y un ratito al mando o al ordenador me parecía la mejor forma de irse a dormir.

Hasta que empecé a levantarme de madrugada y entendí que lo estaba haciendo todo mal.

Obviamente a todo el mundo le funciona algo distinto, pero creo que levantarse antes de lo que estamos acostumbrados tiene, invariablemente, muchos más beneficios que desventajas. Al menos, cuando te acostumbras a ello. Yo lo conseguí cuando empecé a trabajar haciendo teatro para colegios. Teníamos que estar en el centro de Madrid cerca de las 08:00/08:30 y, por lo tanto, nos forzaba a tener todo cargado en el almacén a las 06:30/07:00 para, con suerte y si no hay atasco, llegar a la hora (luego nos dicen que los que hacemos teatro vivimos bien). A veces, hasta preferíamos salir antes de las 06:00 para llegar extremadamente pronto y tomarnos un café.

Ahora ya no tengo ese tipo de responsabilidades, pero me quedé con el hábito y descubrí que, sin darme cuenta, no solo era más productivo, también más feliz.

¿Por qué?

  1. Eres mucho más productivo. Poca gente te escribe, te llama, te manda WhatsApps o correos electrónicos. Hay bastante gente que por las noches suele quitarse trabajo pendiente del día siguiente y te empieza a pedir, consultarte o hablarte de cosas. De madrugada te concentras más porque tienes menos distracciones.
  2. Eres más creativo. Ray Bradbury decía que se sentía mucho más creativo cuando tenía sueño y quería echarse la siesta o justo después de haberla dormido porque la parte inconsciente y la consciente del cerebro estaban en mayor conexión. Creo que lo mismo ocurre por la mañana. Si tienes trabajo creativo por hacer, hazlo justo después de despertarte. Por ejemplo, escribir por la mañana me ha ayudado a comerme menos el coco y tener menos bloqueos. Simplemente, esa parte de mi cerebro aun no está despierta.
  3. Tranquilidad. Cuando el día que se presenta es más caótico de lo normal, procuro que, aunque pague el precio de tener que dormir menos, me levante aunque sea 2 horas antes de ponerme a trabajar. Casi siempre, el estado de ánimo con el que nos levantamos marca el tono de cómo estaremos el resto del día. ”Levantarse con buen/mal pie” tiene más de cierto que lo que atribuimos al refrán.
  4. Puedes planificar mejor tu día. Antes de ponerme a trabajar procuro establecer una serie de tareas por prioridad (aunque a veces se me olvidan, siendo muy despistado) que me recuerdan en qué voy a gastar mi día y qué se me ha quedado pendiente del día anterior. Sobrevuelo lo que voy a hacer y así, con suerte, me habré quedado con la lista vacía al final del día. Revisar lo que tienes que hacer te obliga a ser consciente del tiempo que le debes dedicar a cada tarea.
  5. Desayunas mejor. Por narices desayunas mejor cuando tienes más tiempo para prepararte un buen desayuno. Para mí, el hecho de madrugar tanto ayuda a que mantenga mi dieta a raya, porque empiezo mi compromiso desde el desayuno y me preparo los almuerzos para el resto del día.

Ni que decir tiene que el hecho de levantarte pronto implique que debas dormir poco. De hecho, forzarte a levantarte antes a la vez que estás acostándote tarde es la mejor forma de matar al hábito antes de crearlo. Todos debemos dormir nuestras 7/8 horas para poder tener una vida saludable. En mi caso, fue un cambio súbito de rutina lo que me descubrió esta rutina, pero otras veces que se me ha cambiado el sueño por la razón que sea (normalmente en verano), he podido volver a levantarme a las 06:00 gracias ir quitándole media hora al despertador todos los días y, sobre todo, teniendo alguna tarea importante que me obligue a levantarme pronto (en mi caso, siento que cuando no escribo de madrugada no escribiré en todo el día, así que me fuerza a quitarme la tontería de encima).

No sé si decir que el madrugar mucho ha sido uno de los cambios más importantes que he hecho en mi vida, pero es que madrugar mucho es uno de los cambios más importantes que he hecho en mi vida. Normalmente me preguntan cómo hago tantas cosas a lo largo del día y la respuesta, invariablemente, es la misma: me levanto pronto. Si no me crees, inténtalo durante un mes. Luego, ven aquí y me lo cuentas.

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Olemos las fórmulas

Hay tantos libros de escritura por ahí que da hasta vergüenza. Todos, al final, explican lo mismo: en una historia tienen que pasar cosas inesperadas pero inevitables que tienen que revelar un cambio en uno/varios personajes para, al final, transmitir algo. 

En cristiano, que tiene que ser entretenida, reveladora y, a ser posible, que tenga una visión clara detrás. Sentido común. 

Entonces, ¿de qué hablan los libros de guión? De las cosas que tienen que pasar en cada página. A veces, con un nivel de detalle, repito, embarazoso.

¿Cómo va a sorprender una historia hecha en una plantilla?  ¿Cómo va a revelarte algo yn cliché con patas? ¿Cómo te van a transmitir algo que se quede en tu cabeza si todo el mundo te dice lo mismo?

Hoy, estamos tan sobresaturados de fórmulas que las olemos. Necesitamos autenticidad, amateurismo, fallos. Así, por lo menos, sabremos que quien está al otro lado es una persona. 

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Dirigir es autoevaluarse

Lo malo de dirigir es que el director, en muchas ocasiones, no hace nada directamente. Está obligado a depender de personas que lleven su antorcha y plasmen su visión.

Por eso, cuando tu equipo no hace lo que se supone que debe hacer, ¿cuándo es su respondabilidad y cuándo es la tuya? ¿Has transmitido lo que necesitaban ellos o lo que tú creían que necesitabas? 

En ese proceso de autoevaluación está la clave. Saber cuándo estás comunicando bien y cuándo no. Repartir responsabilidades. Ni quedártela toda, ni repartirla toda.

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Planear es sobrevolar

La cultura de la inmediatez exige producción inmediata. Casi siempre, esto implica menos trabajo de planificación, menos tiempo para encontrar nuevas combinaciones creativas. Se nota hasta en los presupuestos para I+D de empresas e instituciones: hay que innovar, pero hay que innovar rápido.

Lo cierto es que el cerebro necesita aburrirse para poder tener ideas originales. Sin vista de pájaro, es imposible atacar. Pero hay algo de esta nueva cultura de “haz más” que, creo, resulta muy útil.

Preguntarte qué resultado tienes para enseñar hoy te obliga a planear con objetivos claros. Planear es sobrevolar, darle vueltas a las cosas, mirar al cubo de Rubik ochenta veces hasta encontrar la mota de polvo. ¿Eso sirve de algo? Sirve para absolutamente nada si luego no atacamos con precisión.

Planificar con ganas de atacar, aburrirse lo justo, correr con calma. Es en estas contradicciones donde se encuentra el término medio. Es en esa tensión donde la buena planificación se encuentra con la ejecución certera.

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El mecanismo visible

Nos hemos vuelto unos cínicos desgraciados porque le vemos el mecanismo a las historias. Ya nada nos sorprende. Un mago nos dice “¡escoge una carta!” y le miramos la longitud de sus mangas. Aunque no conozcamos el truco, sabemos que existe, y eso nos pone en una posición defensiva y de superioridad que nos evita involucrarnos con lo que consumimos porque tememos ser manipulados emocionalmente.

En improvisación teatral se juega a nuestro favor con esta consciencia narrativa. El público sabe que se está haciendo una historia sobre la marcha y que el improvisador va a sufrir en el proceso. Se genera disfrute de esta tensión, como un juego de funambulismo narrativo-humorístico. Pero cuando esa consciencia se juega a partir del drama, de la verdad y de la emoción, surge algo distinto. De alguna forma, nos parece todo más verdad que cualquier historia convencional.

Cuando se habla de pos-verdad o de pos-teatro o de pos-veteacagarcontustérminos, tengo la sensación de que hablamos de la intención colectiva de querer involucrarnos emocionalmente con aquello que sabemos que es mentira. Estamos hasta los cojones de que el Mago de Oz se esconda entre cortinas. Sabemos que existe, sabemos que está ahí. Es la cortina la que nos molesta.

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Excusas

¿Cuántas excusas tienes para no empezar?

  • No tengo tiempo.
  • Quiero hacerlo con calma.
  • Necesito esto o aquello para empezar algo.
  • Primero me hace falta estar motivado.
  • Es que X o Y no me permite hacerlo.
  • Es demasiado arriesgado.
  • No es el momento oportuno.

¿Cuántas razones tienes para empezar?

Solo una.

Quiero.

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Promesas

La mayor lección en escritura que he recibido viene de un libro poco conocido sobre escritura de guiones, El arte de la escritura dramática de Lajos Egri. En él, curiosamente, no habla de cine sino de teatro, poniendo ejemplos como Casa de Muñecas de Ibsen o Romeo y Julieta de Shakespeare para presentar sus tesis sobre la creación de narrativa.

Quizás más adelante me atreva a sintetizar más contenido de lo que para él es la buena escritura, pero lo que quizás me ha marcado y me sigue guiando cada vez que me embarco en un nuevo proyecto, es lo siguiente:

Resume lo que quieres decir en una frase.

Así de sencillo. Da igual el número de páginas del resultado final, todo ello serán frases derivadas, pensamientos secundarios que trabajarán en favor de aquella frase maestra, física, que has escrito y debes seguir a cada página llena de tinta.

¿Por qué esto es importante? Porque la gran mayoría de las ocasiones nos perdemos en el proceso por quedarnos oliéndonos el culo. Y no es solo un ejercicio de ego; todo el mundo sabe empezar un libro, una historia, un relato, pero nadie sabe terminarlo. Las películas de Hollywood empiezan de puta madre (aunque por otras razones) pero luego se pierden en el bosque.

La frase es tu compás, tu guía, tu Estrella Polar. ¿Te suena? Sí, como en la puta vida.

"Me gustaría escribir un libro antes de los 30". Pero te dedicas a hacer el imbécil día sí día también cosas que no son importantes.

"Quiero perder 20 kilos y ponerme en forma". Pero pasadas las tres primeras semanas, vuelves a comer como un cerdo porque, así somos, nos perdemos en el aquí y el ahora.

Resumir una historia en una frase ayuda a mantenerse en un camino prefijado. Es una promesa a ti mismo, y por ende, a tu lector/espectador/oyente. También, volviendo al paralelismo con nuestra vida, es lo que hará que de aquí a 30 años no puedas decir que hiciste todo lo que pudiste y que mantuviste tus promesas a ti mismo.

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Restricciones que fomentan la creatividad.

Hoy en día todo el mundo dice que lo bueno de no tener dinero es que fomenta a echarle imaginación. Es una soberana gilipollez. Las restricciones que ayudan a la creatividad son ni más ni menos que eso, restricciones creativas. Puede ser el dinero o las personas, como bien narra Robert Rodriguez en su libro Rebel Without a Crew, pero pueden ser muchas otras.

Aquí unas cuantas que me han servido:

  • Nunca hacer lo mismo dos veces.
  • Hacer algo en muy poco tiempo para evitar dudar de ti mismo.
  • Hacer exactamente lo opuesto a lo que esperan de ti.
  • Mezclar dos cosas que provengan de mundos distintos (por ejemplo: cultura de internet con teatro clásico, videojuegos con Shakespeare).
  • Provocar esfuerzo físico de algo que podría ser sencillo a través de la tecnología (por ejemplo: rodar en 16mm, escribir a mano).
  • Cambiar de sitio; jugar con la memoria espacial.

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Historias perecederas

Hoy en día las historias se hacen de usar y tirar. Se hacen para cada día, para cada momento. La sobresaturación narrativa nos obliga a hacer productos tan vigentes que pierden su valor al día siguiente. 

Lo universal nace de lo específico, pero si fabricamos una historia al día, a la semana, o al mes, sin tiempo para pulirla, morirá en ese mismo tiempo.

Cada día caminamos hacia el tipo de narrativa que permite, por ejemplo, la improvisación teatral. Historias que viven y mueren en cada momento. Las redes sociales generan estos nuevos canales y preferimos una corriente continua de información antes que dejar que haya silencio durante años.

Cada día más, queremos historias perecederas en lugar de mecanismos narrativos eternos. 

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El precio de la risa

La risa se usa como medidor infalible que indica cuándo un espectáculo o una película funcionan. Por eso existen tantas comedias: en un drama, es muy jodido cuantificar hasta qué punto calas en el espectador. A veces, ves una película difícil que necesita que pasen varios años para que la digieras como es debido. Eso, para cualquier responsable de marketing, es una putada. No existen nada que puedas enseñar al jefe.

No es el caso con la risa. El público se ríe, y automáticamente hay un palito que apuntar en la libreta. Otra risa, otro punto. Que se rían todo el rato, que la cosa está muy mal y quieren olvidarse de todo.

Pero, ¿qué se paga con cada carcajada? Se paga en profundidad: pocas veces reírse todo el rato equivale a algo de sustancia. Los genios de la comedia, de hecho, trafican todo el rato con el drama, convirtiendo situaciones devastadoras o inesperadas que han costado tiempo, atención y cuidado en construir en una metralleta que disparan en el momento oportuno.

Con los niños, ni os cuento. El momento en el que el público deja de reírse, automáticamente hay algo que falla. Parece que le tengamos miedo a prestar atención a algo el suficiente tiempo como para tomárnoslo en serio, como para invertir emocionalmente en ello.

La risa es una emoción fascinante, pero cuanto más se usa, más se abarata.

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Cuestión de números

En una época en la que cualquiera puede ver todo lo que estás viendo, ¿cómo de importantes son los números?  Pongamos dos situaciones:

  1. Te ven/escuchan 1.000, 10.000, 100.000 personas, pero lo que haces les deja indiferentes. No te recomiendan, pero tampoco te ponen a parir.
  2. Te ven/escuchan 10 personas a las que emocionas.  A 5 les enfadas, y 5 adoran lo que haces.

Hace 20 años el primer caso tenía mucho sentido. Cobramos por butaca, por DVD o libro vendido. El único medidor eran las ventas.

Pero ahora, con tirar una piedra gigante al río no basta. Se hundirá entre el ruido y nadie se acordará de ella. Es haciendo experiencias personalizadas y que ofrezcan algo distinto como llegaremos a crecer. Trump y el Brexit nos han enseñado que la polarización es un arma poderosa. Si se utiliza para generar algo auténtico, dará igual cuánta gente te siga en Facebook o Instagram. La piedra seguirá rebotando hasta el infinito, porque ocurrirá lo que siempre ha ocurrido, cuando no había industrias ni números gigantescos:

Una persona le contará una cosa a otra. 

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Nunca creas solo

Siempre necesitas a alguien que te de una perspectiva distinta cuando te encallas. 

Siempre necesitas un equipo que te ayude a completar tu visión y disminuir tus carencias.

Siempre necesitas a un lector que complete tu novela con su imaginación. 

Siempre necesitas a maestros (y a discípulos).

Así que cuando dices que algo es tuyo, ¿lo es? 

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Dar respuestas

Cuando se hace un trabajo creativo en grupo, el rol del director muchas veces se limita a dar respuestas. "¿Rojo o verde?" "¿Quieres esto o lo otro?".

Curiosamente, algunas de estas respuestas carecen de toda repercusión real, pero en ningún caso puedes contestar "me da igual".

Para tu equipo, demostrar visión es tan importante como mostrarla. Si en elecciones irrelevantes les das la sensación de que no hay un motivo último, en las relevantes será más complicado llevarlas a tu terreno.

 "Da igual que les digas rojo o azul", dice Steve Buscemi. "Lo importante es decirles algo."

 

 

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Lo que funciona

Cuando decimos que algo funciona es porque cumple la función esperada. Un chiste funciona cuando hace gracia. Un momento emocionante funciona cuando hace llorar.

El problema de aplicar este vocabulario a la narrativa es que le quita importancia a la autenticidad en la comunicación. Lo que debería ser una emoción se convierte en una palanca.

Lo importante a la hora de hablar de una función narrativa es que se puede delimitar su efecto, pero nunca manufacturarlo. Si lo hacemos, el espectador en muchos casos se dará cuenta y se sentirá manipulado.

Como narrador, debemos saber los elementos que hacen a una historia interesante, divertida, emocionante y aburrida. Pero estas herramientas deben trabajar en pos de algo auténtico que creó la necesidad de comunicar en primer lugar.

Hablar de “lo que funciona” a la hora de contar una historia casi siempre es trabajar en el ámbito de lo predecible, de lo desgastado, de lo manido. 

Si quieres “lo que funciona” tendrás algo mediocre. Y por lo tanto, no funcionará.

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Blanco sobre negro

Los grises nacen de superponer blanco sobre negro. 

Parece obvio, pero en nuestro camino hacia ser masivos y contentar a todo el mundo, los extremos y los riesgos cada vez son más escasos.

Las historias se recuerdan cuando tienen volumen, cuando traumatizan para luego aliviar. Cuando crecemos, reconocemos la advertencia de una persona sabía y cobra aun más valor en nuestra vida. 

Si solo hacemos algo blanco (o solo hacemos algo negro) a lo máximo a lo que podemos aspirar es a que nos confundan con la pared. A pasar desapercibidos.

En teoría hay muchos que buscamos llamar la atención con historias, pero hay pocos que se atrevan a mezclar colores sin tener claro cuál les va a salir.

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Mensaje en una botella

Así entiendo yo el acto creativo.

Una noche, sonámbulo, escribes una nota en una botella. No recuerdas exactamente qué has escrito, pero sabes quién es el destinatario y por qué lo escribiste. 

A la mañana siguiente, descubres que la botella está tapada. No puedes leer la nota sin romper la botella. Y como no sabes muy bien qué has escrito, decides aclarar lo máximo posible de lo que te acuerdas, por si acaso.

Vas a la playa y lanzas la botella al mar. Si tienes suerte, se la comerá el mar. Si llega a quien tenías pensado enviársela es un milagro.  

Cuando el destinatario decide ir a la playa y se encuentra un mensaje escrito para él. Se siente especial. Tú le has puesto en la botella por qué se lo has escrito, qué debería leer en el mensaje, y te pide que, por favor, le cuentes lo que has leído. Lo que pasa es que esta botella le llega a miles de personas distintas a la vez, y cada uno recibe un mensaje distinto. Es una botella mágica.

Tú, como creador, no puedes controlar el mensaje que transmites. Controlas la intención y el medio. Nada más. Cada destinatario lee el mensaje que le da la gana. 

 

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Los videojuegos en realidad son teatro

Durante las últimas décadas, el videojuego ha sido considerado el primo tonto del cine.

Durante las últimas décadas, el teatro ha sido considerado el abuelo pedante del cine.

Curiosamente, el teatro y los videojuegos son más parecidos de lo que creen.

En ambos, el espectador juega un rol mucho más activo. El cine no reacciona al feedback que le da el espectador durante su muestra, mientras que en el teatro y en los videojuegos, la obra se alimenta de las reacciones del público en directo. En el caso del teatro se nutre de la reacción emocional, mientras que el videojuego pretende deducir respuestas apropiadas a través de acciones y/o inputs de usuario.

La gran ventaja de los videojuegos y, a la vez, su mayor limitación, es la tecnología. Con el tiempo y el esfuerzo adecuados se pueden representar mundos muy opuestos. Para hacer lo mismo en teatro solo se necesita a un actor y a un espectador.

Los videojuegos podrían aprender del teatro a la hora de calibrar posibles respuestas emocionales del espectador en lugar de medirlo todo como una serie de árboles lógicos. Dominar el diseño emocional, diría, el diseño narrativo, en lugar del diseño de niveles. El teatro, en cambio, podría aprender a olvidarse de sus tradiciones y buscar una interacción real con el público. En su búsqueda de la verdad, la abstracción y la vanguardia artística, el teatro se olvida de tenderle la mando al público y ofrecerle que la obra avance a su ritmo. No contemplamos apenas las experiencias sandbox de un videojuego (compañías como Punchdrunk experimentan con ello, aunque aun con miedo), y mucho menos nos atrevemos a presentar historias interactivas al estilo CYOA (Escoge tu Propia Aventura). En nuestra obsesión con sentirnos autores y tener el control total del mensaje, nos olvidamos de que, mientras que en el cine el elemento indispensable es el director, en el teatro el elemento indispensable es la relación entre los actores y el público.

La Realidad Virtual hará esta relación aun más patente, y ya hoy podemos asegurar que, mientras que el cine está alcanzando su techo en lo que se refiere a gramática de lenguaje, tanto el teatro como los videojuegos tienen aun mucho que crecer.

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