”Oye, enhorabuena por el espectáculo. Hacía mucho tiempo que no veíamos algo para niños tan bueno”.

Una madre me interrumpió mientras atendíamos a unos amigos a la salida de la primera función de El Mago de Oz: El Musical. Llevamos ocho años haciéndola, y, la verdad, no creo que el éxito que hemos tenido sea para tanto. No es falsa modestia: si no pensara que puedo hacer algo mejor que aquello, debería retirarme del teatro para niños y dedicarme a hacer otras cosas.

Y sin embargo, no puedo evitar preguntarme el porqué de su afirmación.

Es decir, nos estamos quejando que nos falta público joven que vaya al teatro. Que si mucho Rubius, Sálvame, filtros de Snapchat y demás mierdas millenials, pero luego cometemos una serie fatal de negligencias contra los niños una vez entran al teatro. Faltándoles al respeto incluso, diría. Que en el momento no se quejan, seguro; pero claro, tienen la manía de crecer, y tienden, como nosotros, a eliminar aquello que no es relevante en su vida conforme van recordando aquella mierda que vieron cuando su padre les llevaba al teatro cuando eran pequeño (¿os suena?).

Pero olvidémonos de lo subjetivo. Olvidémonos de la calidad de un espectáculo contra otro. Pensemos, simplemente, en los motivos objetivos y que tienen que ver con el funcionamiento mecánico de la industria que pueden llevar a un niño a pensar, en última instancia, que algo que esté viendo sea “cutre” o “una mierda” o “me aburro” o “Papá, ponme el Pokémon GO”. Esta lista es totalmente subjetiva y, por supuesto, viene dada por haber pasado por muchos de estos puntos:

  1. En los teatros de cualquier gran capital, el espectáculo principal abarca una cantidad mastodóntica de escenario, parrilla de iluminación y dotación técnica. El infantil se queda con “el resto”. Ahí se representa Nunca Jamás los domingos y El País de las Maravillas los sábados. En el espectáculo para adultos la localización es un salón.
  2. La experiencia del actor, en muchas ocasiones, da exactamente lo mismo.
  3. Los cuentos clásicos mandan. Da igual que a los niños no les interese. Las productoras ahorran en publicidad y los padres saben lo que compran.
  4. Se tienen que producir como churros para que salgan las cuentas.
  5. Pocas veces verás a un director o dramaturgo famosos atreviéndose a hacer espectáculos para niños. Para muchos es una época “pasada” y poco glamurosa. De los actores, ni te cuento.
  6. “Los niños son el público más difícil (pero luego metamos chistes de pedos y exageremos como posesos para que al niño le haga gracia)”.
  7. Competimos contra medios audiovisuales e interactivos, pero seguimos con el modelo de interacción “¿Cómo están ustedes?”.
  8. No vemos teatro, ni leemos literatura, ni consumimos televisión/cine para niños. Esto, en cualquier otra industria, vendría siendo “estudio de mercado”.
  9. La línea gráfica, el marketing y el merchandising son totalmente olvidados. Ningún niño querrá tener el póster de “La Sirenita: Un mágico místico rocambolésquico maravillosérrimo musical” en la pared de su habitación.
  10. Nos olvidamos de que, además de entretener, podemos contar una historia que no olvidarán en su vida.

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