En interpretación, en dirección, en teatro, en cine, en literatura, se habla muchísimo de disfrutar del presente, de que las cosas surjan en el momento. Es una bonita forma de pedir espontaneidad, autenticidad. Una sensación de verdad que provoque que el público rompa su barrera de incredulidad y cinismo y comulgue con lo que está disfrutando. También es una gran tendencia a nivel empresarial, a nivel personal y de coaching: disfrutar del presente, del aquí y ahora, para olvidarnos de los agobios, de los planes y de las presiones. Para poder estar feliz sin necesitar a nadie más que a nosotros mismos.

Curiosamente, hemos creado una enorme estructura digital alrededor de esta forma de pensar, y se llama Internet/Redes Sociales. Por ejemplo, antes de publicar, Facebook te pregunta:

 “¿En qué piensas?”

En qué piensas ahora. No dentro de una semana, ni en cinco horas, ni hace 2 minutos. Ahora.

Aun más curioso es que una profesión cultural que “busca” alimentar el momento presente detesta, en bastante medida, los efectos de una herramienta creada específica y únicamente para alimentar ese impulso. Y las detesta con razón, porque alimentan toda una serie de actitudes que, en realidad, tienen mucho en común con la ludopatía y otro tipo de adicciones.

Entonces, si vivimos/hacemos las cosas con el único fin de disfrutarlas con toda la presencia de nuestro ser, descubrimos que pueden pasar algunas cosas como estas:

  • Anulamos toda opinión que no se parezca a la nuestra.
  • Negamos la posibilidad de que nuestros sentidos e instintos nos puedan estar engañando.
  • Huimos de todo lo que nos pueda hacer daño.
  • Nos esforzamos demasiado y terminamos haciendo el idiota (esta me encanta).
  • Perdemos perspectiva de metas futuras y de errores pasados.

En definitiva, inhabilita el cambio, aquello que entendemos como “madurez”, “crecimiento”. Cosa que, por cierto, es uno de los factores que más define cuando una historia “funciona”: cuando ves la evolución, el cambio, la trayectoria de un personaje.

El presente es como una flecha sin punta. El presente es una trampa.

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