En nuestra aventura por edulcorar todo el contenido de nuestra industria para niños, se nos olvida algo muy importante:

A Caperucita Roja se la comió el lobo.

Con esto quiero decir que las historias se nutren de conflicto. Hoy en día no hace falta llevarnos la narrativa al territorio de lo mítico (los Superhéroes ya hacen ese trabajo por nosotros); hay conflictos de sobra muy interesantes por explotar y que pertenecen a nuestra época. Pero los niños crecen en un entorno narrativo tan blanco que casi choca frontalmente con la realidad que luego viven de mayores. Y no hay contraste sin oscuridad, no hay volumen sin sombras.

¿Hace cuánto que no ves a unos dibujos animados morir en televisión? Parece ser que los niños solo pueden soportar que perros parlantes colaboren para salvar al mundo. Y eso tiene sus consecuencias: al convertir la dinámica inherente a una historia a algo que es tan leve que no existe una apuesta importante por parte de los personajes (no arriesgan nada), todo se hace banal. Para mantener el interés, tienes que recurrir a otros recursos (canciones, bailes, efectos visuales) que distraen en lugar de atraer, y que a largo plazo provocará que las historias, una de las formas populares para recordar y aprender, se pierdan. 

Vale. Da miedo que a Caperucita Roja se la coma el lobo. Pero es importante que de pequeños nos asustemos un poco a cambio de evitarnos disgustos mayores cuando crezcamos. Es mucho más útil una metáfora a tiempo que un trauma cuando crezcamos.

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