Nos hemos vuelto unos cínicos desgraciados porque le vemos el mecanismo a las historias. Ya nada nos sorprende. Un mago nos dice “¡escoge una carta!” y le miramos la longitud de sus mangas. Aunque no conozcamos el truco, sabemos que existe, y eso nos pone en una posición defensiva y de superioridad que nos evita involucrarnos con lo que consumimos porque tememos ser manipulados emocionalmente.

En improvisación teatral se juega a nuestro favor con esta consciencia narrativa. El público sabe que se está haciendo una historia sobre la marcha y que el improvisador va a sufrir en el proceso. Se genera disfrute de esta tensión, como un juego de funambulismo narrativo-humorístico. Pero cuando esa consciencia se juega a partir del drama, de la verdad y de la emoción, surge algo distinto. De alguna forma, nos parece todo más verdad que cualquier historia convencional.

Cuando se habla de pos-verdad o de pos-teatro o de pos-veteacagarcontustérminos, tengo la sensación de que hablamos de la intención colectiva de querer involucrarnos emocionalmente con aquello que sabemos que es mentira. Estamos hasta los cojones de que el Mago de Oz se esconda entre cortinas. Sabemos que existe, sabemos que está ahí. Es la cortina la que nos molesta.

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