La risa se usa como medidor infalible que indica cuándo un espectáculo o una película funcionan. Por eso existen tantas comedias: en un drama, es muy jodido cuantificar hasta qué punto calas en el espectador. A veces, ves una película difícil que necesita que pasen varios años para que la digieras como es debido. Eso, para cualquier responsable de marketing, es una putada. No existen nada que puedas enseñar al jefe.

No es el caso con la risa. El público se ríe, y automáticamente hay un palito que apuntar en la libreta. Otra risa, otro punto. Que se rían todo el rato, que la cosa está muy mal y quieren olvidarse de todo.

Pero, ¿qué se paga con cada carcajada? Se paga en profundidad: pocas veces reírse todo el rato equivale a algo de sustancia. Los genios de la comedia, de hecho, trafican todo el rato con el drama, convirtiendo situaciones devastadoras o inesperadas que han costado tiempo, atención y cuidado en construir en una metralleta que disparan en el momento oportuno.

Con los niños, ni os cuento. El momento en el que el público deja de reírse, automáticamente hay algo que falla. Parece que le tengamos miedo a prestar atención a algo el suficiente tiempo como para tomárnoslo en serio, como para invertir emocionalmente en ello.

La risa es una emoción fascinante, pero cuanto más se usa, más se abarata.

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