Yo no escribo para niños. Yo escribo, y después alguien dice: “¡Eso es para niños!”
— Maurice Sendak

Usamos la narrativa como forma de darle orden a aquellas cosas que no lo tienen. Por eso es curioso la forma que han adquirido estructuras de historias clásicas desde que existe industria infantil (en realidad, hace dos días; antes la literatura infantil era, simplemente, folclore).

Los finales felices tal y como los conocemos hoy han nacido hace relativamente poco. Cualquiera que haya leído los cuentos de los Hermanos Grimm, de Hans Cristian Andersen o de Charles Perrault (eso sin contar equivalentes orientales como el Panchatantra hindú o las 1000 y una noches) sabe que las moralejas que se generaban por aquel entonces, aquellas lecciones que sacabas una vez terminado el relato, eran, en muchas ocasiones, contradictorias. A veces había buenos y malos, a veces no; en ocasiones el protagonista era castigado irremediablemente o pagaba el precio de sus errores. Lo comparamos con los finales que obtenemos a día de hoy y el resultado es para partirse la caja.

Salvo por las expectativas existenciales que nos han generado. Esas no hacen ni puta gracia.

Sobre el fenómeno social que hemos heredado la generación Disney hay muchos artículos en revistas online hipster que te van a decir que menuda putada por pensarte que eres la Sirenita o La Bella y la Bestia, que ahora a ver cómo lo gestionas, que la culpa la tienen tus padres por decirte que intentes conseguir lo que ellos no han conseguido y que menos mal que ahora a tu novia le apetece dejarse pelos en las piernas y en los sobacos porque así no la sexualizas y dejas de convertirla en un trofeo. Hijos de un sistema que les ha convertido en víctimas y no en responsables, alimentados por un entretenimiento en el que los personajes apenas tienen conflicto y que no asumen las consecuencias de sus actos. A los que “les pasan” cosas y parece que no hacen nada. Manojos emocionales sin los recursos para gestionarlas, reconocerlas y aplicarlas.

Un cinismo distanciado que nace de la aplicación masiva de la moraleja. Adoro la sencillez de los cuentos clásicos, que puedan extenderse, transformarse y reconvertirse siendo en realidad una pequeña lección resumida en una frase. Y sin embargo creo que son uno de los mayores males de la sociedad moderna, que ha aplicado esta estructura a tal escala que ha convertido la lección en un cliché, el arquetipo en un estereotipo y a los príncipes azules en auténticos gilipollas.

Admiro mucho a estas últimas generaciones de escritores infantiles (Neil Gaiman, Lemony Snicket, los grandes genios de Pixar, algunas de las películas de la era dorada de Disney), pero necesitamos más escritores y menos infantiles. Pretender que a un niño se le deben ocultar ciertas cosas de la vida por el hecho de que no tiene recursos para asimilarlas me hace preguntarme cómo cojones vivíamos hace 400 años cuando cualquier día alguien podía saquear tu casa o cada X meses corrías el riesgo de morir de hambre. Los niños africanos, a los que tanto compadecemos, padecen auténticas miserias y sin embargo viven una vida plena, con sus luces y sus sombras. Nosotros pensamos que nuestra vida es una mierda porque hemos perdido nuestro iPhone. Y el responsable no es capitalista, es cultural.

Necesitamos más radicalismo narrativo. Más Hora de Aventuras y menos Disney. Menos moraleja y más pregunta. Que sustituyamos la lección de turno por un coitus interruptus. Aprender lo que significa la frustración emocional, ya que hemos llegado a un punto de comodidad extrema que nos hace sentirnos con derecho a todo lo que queremos.

El otro día hicimos un formato de improvisación teatral que consistía en contar una anécdota de la infancia. Esta tenía que ser real. Luego, el resto de improvisadores se dedicarían a escenificarla, bien inspirados por la historia en sí misma o bien por su temática o contexto de la misma. Mi historia iba sobre un amor de instituto que no llegó a nada en parte por mi cobardía y en parte porque, simplemente, a ella le parecía feo. No había lacito que ponerle. Cuando llegó el momento de cerrarla, me resultó imposible darle otra conclusión más limpia. Una moraleja. Me enamoré de la persona equivocada y punto. Eso generó una terrible incomodidad en el público, como si el terminar una historia así “no pudiese ser”.

Me pregunto hasta qué punto, si contásemos historias a nuestros hijos con este espíritu, vivirían más felices porque sabrían que es lo que se esperan.

Comment