Hoy en día las historias se hacen de usar y tirar. Se hacen para cada día, para cada momento. La sobresaturación narrativa nos obliga a hacer productos tan vigentes que pierden su valor al día siguiente. 

Lo universal nace de lo específico, pero si fabricamos una historia al día, a la semana, o al mes, sin tiempo para pulirla, morirá en ese mismo tiempo.

Cada día caminamos hacia el tipo de narrativa que permite, por ejemplo, la improvisación teatral. Historias que viven y mueren en cada momento. Las redes sociales generan estos nuevos canales y preferimos una corriente continua de información antes que dejar que haya silencio durante años.

Cada día más, queremos historias perecederas en lugar de mecanismos narrativos eternos. 

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