El arte contemporáneo nace de una necesidad de ruptura. Queremos dejar de racionalizar, de aplicar estructuras ya conocidas para embarcarnos en la nada, en lo incomprensible. Cuando vemos algo de estas características notamos cómo algo nos da un puñetazo en el estómago. Algo invisible que se escapa a cualquier explicación. Es una sensación única y muy propia del siglo en el que vivimos, y algo a lo que cualquiera que se dedique a empresas medianamente artísticas debería aspirar.

Pero detrás de esta enorme promesa se esconde un peligro.

Imagina que entras a un museo cuya mayor atracción es el trabajo de un prestigioso artista europeo. Al llegar allí, te paras y te quedas seco: “Pero si es un puto wáter”. Pero el artista te corrige: “No, no lo es. Yo veo un acto de rebelión hacia las expectativas que uno tiene de un museo y la necesidad de orden del ser humano. Pero tú tienes derecho a pensar lo que quieras. Es arte.”

Todo el mundo asiente. Alguien empieza a aplaudir. El artista es aclamado unánimemente.

El problema es que tú no dejas de sentirte imbécil. “Yo veo un puto wáter”, piensas. “Pero si tanta gente aclama a este artista, que tiene tanta experiencia”, te corriges, “será por algo”.

Y es en ese instante cuando aplicas las estructuras narrativas de expectativa y de prejuicio, cuando ajustas lo que te dices a ti mismo respecto a lo que estás viendo, y cuando aquello que está pensado para removerte las entrañas se convierte en marketing para intelectuales.

Es entonces cuando lo contemporáneo deja de serlo.

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