Así entiendo yo el acto creativo.

Una noche, sonámbulo, escribes una nota en una botella. No recuerdas exactamente qué has escrito, pero sabes quién es el destinatario y por qué lo escribiste. 

A la mañana siguiente, descubres que la botella está tapada. No puedes leer la nota sin romper la botella. Y como no sabes muy bien qué has escrito, decides aclarar lo máximo posible de lo que te acuerdas, por si acaso.

Vas a la playa y lanzas la botella al mar. Si tienes suerte, se la comerá el mar. Si llega a quien tenías pensado enviársela es un milagro.  

Cuando el destinatario decide ir a la playa y se encuentra un mensaje escrito para él. Se siente especial. Tú le has puesto en la botella por qué se lo has escrito, qué debería leer en el mensaje, y te pide que, por favor, le cuentes lo que has leído. Lo que pasa es que esta botella le llega a miles de personas distintas a la vez, y cada uno recibe un mensaje distinto. Es una botella mágica.

Tú, como creador, no puedes controlar el mensaje que transmites. Controlas la intención y el medio. Nada más. Cada destinatario lee el mensaje que le da la gana. 

 

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