La mayor lección en escritura que he recibido viene de un libro poco conocido sobre escritura de guiones, El arte de la escritura dramática de Lajos Egri. En él, curiosamente, no habla de cine sino de teatro, poniendo ejemplos como Casa de Muñecas de Ibsen o Romeo y Julieta de Shakespeare para presentar sus tesis sobre la creación de narrativa.

Quizás más adelante me atreva a sintetizar más contenido de lo que para él es la buena escritura, pero lo que quizás me ha marcado y me sigue guiando cada vez que me embarco en un nuevo proyecto, es lo siguiente:

Resume lo que quieres decir en una frase.

Así de sencillo. Da igual el número de páginas del resultado final, todo ello serán frases derivadas, pensamientos secundarios que trabajarán en favor de aquella frase maestra, física, que has escrito y debes seguir a cada página llena de tinta.

¿Por qué esto es importante? Porque la gran mayoría de las ocasiones nos perdemos en el proceso por quedarnos oliéndonos el culo. Y no es solo un ejercicio de ego; todo el mundo sabe empezar un libro, una historia, un relato, pero nadie sabe terminarlo. Las películas de Hollywood empiezan de puta madre (aunque por otras razones) pero luego se pierden en el bosque.

La frase es tu compás, tu guía, tu Estrella Polar. ¿Te suena? Sí, como en la puta vida.

"Me gustaría escribir un libro antes de los 30". Pero te dedicas a hacer el imbécil día sí día también cosas que no son importantes.

"Quiero perder 20 kilos y ponerme en forma". Pero pasadas las tres primeras semanas, vuelves a comer como un cerdo porque, así somos, nos perdemos en el aquí y el ahora.

Resumir una historia en una frase ayuda a mantenerse en un camino prefijado. Es una promesa a ti mismo, y por ende, a tu lector/espectador/oyente. También, volviendo al paralelismo con nuestra vida, es lo que hará que de aquí a 30 años no puedas decir que hiciste todo lo que pudiste y que mantuviste tus promesas a ti mismo.

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