Existe una dualidad presente en cualquier tipo de acto creativo. Un interruptor que cuesta encontrar, a veces más y a veces menos, y que nos cambia de un modo a otro.

Por un lado está el modo de juego. En él, nos ponemos a probar cosas, lanzamos mierda contra la pared y vemos qué se mantiene, como dirían los americanos.

Por el otro, está el modo edición. Sacamos el hacha matamos a nuestros niños más queridos en pos del bien común, en este caso, comunicar algo a alguien a través de un medio.

Pero, ¿qué pasa cuando nos quedamos en medio? ¿qué pasa cuando no tenemos tiempo para poder coger perspectiva? 

¿Qué pasa cuando nos quedamos ciegos?

Ahí es cuando se demuestra qué tipo de gente has trabajado por mantener a tu alrededor. Si lo has hecho bien, te llevarán al interruptor y podrán guiarte, a veces con caricias, a veces a hostia limpia, al sitio que necesitabas. Si no lo has hecho bien, te llevarán directo al precipicio.

Siempre habrá un momento, antes de lanzar algo al mundo, en el que nos quedaremos ciegos. Por eso conviene sembrar lo más pronto posible, con humildad y perspectiva, y rodearte de gente que no tenga problemas en decirte la verdad dolorosa cuando haga falta, y que te apoyen cuando todo el mundo quiera tirarte abajo.

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