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Las historias son organismos

Las historias están vivas. No importa lo legalmente sujetas que estén, siempre tendrán un comportamiento propio. ¿Por qué?

  • Las historias nacen de una intención, de un propósito, y se mueven hacia personas que estén preparadas para digerirlas.
  • Evolucionan porque cada persona las recibe con un significado distinto. Para cada persona, una misma historia es distinta.
  • Las historias se reproducen al compartirlas, al transmitirlas, con ese significado nuevo en su impronta, de tal forma que una historia, al llegar a una tercera persona, ha cambiado totalmente. Pasa a ser una nueva historia.

Y el ciclo se repite ad infinitum.

Es interesante ver la evolución de este proceso en la primera época en la que podemos documentarlo absolutamente todo. Tendremos la posibilidad de seguir el árbol genealógico de una historia desde su nacimiento hasta su muerte. Podremos ver cómo es transformada por el público. Nos ayudará a entender mejor los patrones por los que nos movemos, cuáles son nuestras mayores preguntas, y qué respuestas son las que solemos darnos.

Nos ayudará a entendernos mejor, en definitiva, a nosotros mismos.

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A Caperucita Roja se la comió el lobo

En nuestra aventura por edulcorar todo el contenido de nuestra industria para niños, se nos olvida algo muy importante:

A Caperucita Roja se la comió el lobo.

Con esto quiero decir que las historias se nutren de conflicto. Hoy en día no hace falta llevarnos la narrativa al territorio de lo mítico (los Superhéroes ya hacen ese trabajo por nosotros); hay conflictos de sobra muy interesantes por explotar y que pertenecen a nuestra época. Pero los niños crecen en un entorno narrativo tan blanco que casi choca frontalmente con la realidad que luego viven de mayores. Y no hay contraste sin oscuridad, no hay volumen sin sombras.

¿Hace cuánto que no ves a unos dibujos animados morir en televisión? Parece ser que los niños solo pueden soportar que perros parlantes colaboren para salvar al mundo. Y eso tiene sus consecuencias: al convertir la dinámica inherente a una historia a algo que es tan leve que no existe una apuesta importante por parte de los personajes (no arriesgan nada), todo se hace banal. Para mantener el interés, tienes que recurrir a otros recursos (canciones, bailes, efectos visuales) que distraen en lugar de atraer, y que a largo plazo provocará que las historias, una de las formas populares para recordar y aprender, se pierdan. 

Vale. Da miedo que a Caperucita Roja se la coma el lobo. Pero es importante que de pequeños nos asustemos un poco a cambio de evitarnos disgustos mayores cuando crezcamos. Es mucho más útil una metáfora a tiempo que un trauma cuando crezcamos.

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Buenos principios

En las historias, como en la vida, las primeras impresiones son muy importantes. Pero si hay algo que la época de la inmediatez nos ha hecho olvidar, es a invertir. A sembrar.

Cuando una historia tiene un final potente y poderoso, cuando nos hace recordarla una vez digerida, suele ser porque conecta argumentalmente con elementos presentados al principio. Cuantos más elementos se hayan anticipado previamente, más cosas interesantes habrá para conectar al final.

Todo esto se puede hacer con mayor o menor gracilidad, pero si hay algo que esta constante nos enseña, es que lo que un buen principio requiere esfuerzo. No todo debería ser entretenido. Hasta en los videojuegos hay momentos de aprendizaje, de tutorial, de "no sé cómo va esto".

El buen principio no debería ser una explosión. Debería ser un aviso. Si una historia explota al principio solo para llamar nuestra atención, luego ya no queda nada que decir. Y el mensaje muere. 

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Personajes complejos

En el curso de los tiempos la palabra carácter ha ido adquiriendo diversos significados. Originalmente quería decir “el rasgo dominante del complejo anímico” y se confundía con el temperamento. Después, se convirtió en la expresión utilizada por la clase media para designar al autómata, de forma que de un individuo que ha fijado su índole de una vez para siempre o que se ha ido adaptando a un cierto papel en la vida que, en dos palabras, ha cesado ya de evolucionar, se decía que “tenía carácter, que era todo un carácter”, y en cambio aquel que continúa desarrollándose, evolucionando, el diestro navegante en el río de la vida, aquel que no navega con escotas fijas, sino que va orzando el barco según la dirección de los vientos, era tenido como una persona sin carácter en sentido peyorativo, claro, ya que es muy difícil de aprehender, clasificar y custodiar. Esta concepción burguesa del mal pasó a los escenarios, donde siempre ha dominado la burguesía. Un personaje de carácter era un señor invariable…

August Strindberg (Sobre el carácter, prefacio a Señorita Julia)

Hoy en día, un personaje “complejo” es aquel que parece contradictorio: que dice una cosa y hace otra, al que notamos hipócrita, imperfecto. Real. Auténtico. Mucho ha llovido desde Strindberg. Lo que él denunció y presentó como rebelión en Señorita Julia es ahora norma.

El problema con las normas es que las aplicamos y muchas veces no sabemos muy bien por qué. Batman es un hijo de puta fascista además de un superhéroe, y lo aceptamos como tal, pero… ¿Un Superman de ahora también tiene que ser así? ¿Por qué?

¿No es acaso la ruptura de las expectativas la que nos llevó a generar personajes contradictorios en primer lugar?

¿Si todos los personajes son contradictorios, lo inesperado no será un personaje íntegro, un héroe?

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Romper el círculo

Dicen que las historias son círculos. Pero no todas tienen por qué serlo.

Recapitulemos.

Un personaje hace algo todos los días.

Un día, decide hacer algo distinto. Dicho evento tiene consecuencias. Algo sale mal.

El personaje se embarca en una aventura, increíble o minúscula, para restaurar el orden después de dicho evento.

Por el camino gana, pierde, apuesta, aprende. En un momento dado, parece que está todo perdido.

Pero ese personaje sabe, en lo más profundo de sí mismo, que puede tomar una decisión: volver al punto de inicio o romper la baraja.

Cuando el personaje restaura el orden, todo vuelve a la normalidad. Puede volver a hacer lo mismo de todos los días. Probablemente, algo importante habrá cambiado. Su vida no volverá  a ser la misma.

 ¿Pero qué pasa cuando el personaje decide romper el equilibrio?

En nosotros suelen converger dos sensaciones: primero, la del morbo. "Esto no debería pasar", nos decimos. Miramos atónitos las consecuencias de ver al tren descarriarse. 

Pero después solemos sentirnos incómodos. Porque reconocemos la sensación de incertidumbre, y vivirla se nos hace desagradable y agobiante. Nos incomoda y nos deprime. Nos cabrea.

Creo sinceramente que debemos empezar a reconocer estas estructuras para aprender de ellas. ¿Por qué hacemos las mismas historias? ¿Qué nos lleva a aplicarlas? ¿Por qué ahora nos gustan unas mientras que antes nos gustaban otras? ¿Por qué ahora la maquinaria de la industria del entretenimiento nos alimenta de unas y antes lo hacía de otras?

 ¿Y tú? ¿Quieres romper el círculo de tu vida, sabiendo que no puedes prever las consecuencias, o preferirías restaurar el orden?

 

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Bajarnos del escenario

Hay que decir las cosas importantes de la forma más sencilla posible.

Hoy en día, cuando hablas a cualquier profesional del teatro sobre un escenario, casi siempre te preguntará, “¿qué escenario?”, porque cualquier sitio puede serlo: un prostíbulo, un antiguo matadero, un piso antiguo. Todo vale, porque queremos hacer lo que sea por acercar la verdad al público y, sobre todo, por hacer que un nuevo público se acerque a un nuevo teatro.

Espera. ¿Esto es cierto? ¿Nos estamos acercando a alguien?

A menudo no doy crédito con el tono que adquirimos como sector. Leo artículos en los periódicos más prestigiosos, en los Blogspot (¿en serio? ¿en 2016?) y en redes sociales con una capacidad intelectual, gramática y de vocabulario que me deja en pañales, y sin embargo no puedo dejar de pensar que lo han escrito para leerse entre ellos.

Mi época como periodista especializado en videojuegos me dio una tremenda lección que ni siquiera aquel sector está aprendiendo a aplicar: tienes que estar atento al público que viene, además de al que tienes. Hoy en día, con el auge YouTuber (que qué rápido nos lanzamos a juzgar, por cierto, sin conocerlo) y el mundo influencer, el lector/espectador busca una comunicación cercana con el creador, en el que el medio, sea impreso, en video, o en audio, sirva de vínculo privilegiado. Es tan sencillo como eso.

Ahora las compañías tienen una oportunidad tremenda para comunicarse directamente con su público de forma constante, sin depender de ruedas de prensa, agencias de comunicación ni páginas de publicidad a precios desorbitados (¿para cuándo haremos ensayos generales emitidos por Facebook Live?). Por otro lado, los medios tienen la oportunidad de renovar público y adaptarse a otro modelo de negocio que, aunque muy difícil, ya se está asentando en otros países y que solo puede crecer. De posicionarse ellos antes de que lo haga otro.

Por eso me pregunto qué narrativa estamos contando en 2016, como sector, con nuestra actitud respecto a los cambios tecnológicos que estamos viviendo. Si nos tomamos facebook como una publicación impresa en la que decimos lo maravilloso que ha sido tu proceso de ensayos, los muchos camerinos que visitas o tu capacidad de ubicuidad; o cada vez que hablas de la obra de teatro de un compañero estás pensando en escribir una tesis doctoral, pierdes la oportunidad de decir algo importante. Si de verdad estamos en una época crítica cara a que exista un sector sano y sostenible, hacemos muy poco para cambiarlo y mucho para quejarnos.

El teatro es un mundo maravilloso para vivir, desde la butaca o detrás del telón. Ahora tenemos la oportunidad de mostrar ambas perspectivas. ¿Somos comunicadores? ¿Somos narradores? Demostrémoslo. Estemos a la altura de “ser o no ser”. Digamos cosas importantes de forma sencilla.

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Mentir para decir la verdad

En una época en la que puedes decir lo que quieras, decir demasiado, decirlo todo, puede hacer creer a la gente que estás mintiendo.

Es decir, a veces necesitas ocultar parte de tu vida o cambiar información para decir algo más importante sobre ti.

La narrativa en redes sociales es el arte de decir las cosas adecuadas en el momento adecuado; de dosificar la información, compartir lo justo y necesario para que se entienda quién eres, qué quieres y qué ofreces al resto de la comunidad, sin traicionar a tu esencia.

Si te comportas contigo mismo como si fueses una revista, o una serie de televisión, tendrás claro, por lo menos, qué publicar la semana que viene. No necesitas tener un plan; no necesitas manufacturar tu imagen. Necesitas filtrarte a ti mismo.

Y eso es más difícil de lo que puede parecer, porque para poder hacer esto bien, primero hay que conocerse.

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Crear es manipular

Manipulas tus pensamientos, tus recuerdos y tus relaciones con otras personas para generar una idea.

Manipulas referencias para parecerte o diferenciarte de ellas.

Te manipulas a ti mismo para convencerte de que ese, y no otro, es el camino a seguir.

Manipulas un boli o lápiz sobre un papel para manipular lo anterior y convertirlo en un proyecto coherente.

Manipulas a personas para que crean en tu idea y te sigan.

Manipulas dinero, tiempo y tu capacidad cerebral para ejecutar tu plan.

Manipulas materiales y espacio para darle forma.

Manipulas al público, bien emocionalmente o bien racionalmente, una vez se lo presentas.

Crear es manipular. Si hasta el Big Bang tiene un origen, no puedes pensar que lo que haces es magia.

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Por lo tanto / pero

En España tenemos la concepción de que South Park son esos tíos que convirtieron a Barbra Streisand en un mecha gigante y que mataban al tío con capucha y soltaban una frase recurrente todas las semanas. Durante 5 años, eran exactamente aquellos.

Pero llevan 15 años siendo algo muy distinto.

No hablaré de sus enormes obras maestras, tanto dentro como fuera de la serie de Comedy Central, sino de su filosofía narrativa. Es tan estúpidamente sencilla que parece de risa explicarla, pero es así. Tampoco es enteramente suya.

Para ellos, en una historia hay dos posibilidades: un “por lo tanto”, o un “pero”.

Un “por lo tanto” es una consecuencia directa de algo que ha hecho un personaje. Si un personaje es torpe, por lo tanto se tropieza.

Un “pero” es un obstáculo. Caperucita Roja va hacia la casa de su abuela, pero en el bosque se encuentra con un lobo.

Un “entonces” es muy diferente a un “por lo tanto”. Se debe evitar a toda costa. “Entonces” implica que algo puede ocurrir porque sí. Parece una diferencia sutil, pero no lo es.

Tampoco podemos poner muchos “peros” juntos. De hecho, hablan de cómo hay que espaciarlos lo máximo posible. Una estructura de cuento sería:

Érase una vez / por lo tanto / pero / por lo tanto / por lo tanto / por lo tanto / pero / por lo tanto / por lo tanto / fin

Y en general, esto es lo que todos los manuales de guión y de storytelling y de narrativa del planeta nos quieren contar, de forma muy complicada y sofisticada, para que pensemos que hay que gastarse mucho dinero en masterclasses y en carreras y en talleres y en libros en lugar de ponernos a escribir algo que tenemos integrado en nuestro cerebro desde que nacemos.

Por lo tanto, somos idiotas.

[Aquí tenéis el video donde lo explican, por si queréis verlo]

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10 razones objetivas por las que los niños odiarán el teatro

”Oye, enhorabuena por el espectáculo. Hacía mucho tiempo que no veíamos algo para niños tan bueno”.

Una madre me interrumpió mientras atendíamos a unos amigos a la salida de la primera función de El Mago de Oz: El Musical. Llevamos ocho años haciéndola, y, la verdad, no creo que el éxito que hemos tenido sea para tanto. No es falsa modestia: si no pensara que puedo hacer algo mejor que aquello, debería retirarme del teatro para niños y dedicarme a hacer otras cosas.

Y sin embargo, no puedo evitar preguntarme el porqué de su afirmación.

Es decir, nos estamos quejando que nos falta público joven que vaya al teatro. Que si mucho Rubius, Sálvame, filtros de Snapchat y demás mierdas millenials, pero luego cometemos una serie fatal de negligencias contra los niños una vez entran al teatro. Faltándoles al respeto incluso, diría. Que en el momento no se quejan, seguro; pero claro, tienen la manía de crecer, y tienden, como nosotros, a eliminar aquello que no es relevante en su vida conforme van recordando aquella mierda que vieron cuando su padre les llevaba al teatro cuando eran pequeño (¿os suena?).

Pero olvidémonos de lo subjetivo. Olvidémonos de la calidad de un espectáculo contra otro. Pensemos, simplemente, en los motivos objetivos y que tienen que ver con el funcionamiento mecánico de la industria que pueden llevar a un niño a pensar, en última instancia, que algo que esté viendo sea “cutre” o “una mierda” o “me aburro” o “Papá, ponme el Pokémon GO”. Esta lista es totalmente subjetiva y, por supuesto, viene dada por haber pasado por muchos de estos puntos:

  1. En los teatros de cualquier gran capital, el espectáculo principal abarca una cantidad mastodóntica de escenario, parrilla de iluminación y dotación técnica. El infantil se queda con “el resto”. Ahí se representa Nunca Jamás los domingos y El País de las Maravillas los sábados. En el espectáculo para adultos la localización es un salón.
  2. La experiencia del actor, en muchas ocasiones, da exactamente lo mismo.
  3. Los cuentos clásicos mandan. Da igual que a los niños no les interese. Las productoras ahorran en publicidad y los padres saben lo que compran.
  4. Se tienen que producir como churros para que salgan las cuentas.
  5. Pocas veces verás a un director o dramaturgo famosos atreviéndose a hacer espectáculos para niños. Para muchos es una época “pasada” y poco glamurosa. De los actores, ni te cuento.
  6. “Los niños son el público más difícil (pero luego metamos chistes de pedos y exageremos como posesos para que al niño le haga gracia)”.
  7. Competimos contra medios audiovisuales e interactivos, pero seguimos con el modelo de interacción “¿Cómo están ustedes?”.
  8. No vemos teatro, ni leemos literatura, ni consumimos televisión/cine para niños. Esto, en cualquier otra industria, vendría siendo “estudio de mercado”.
  9. La línea gráfica, el marketing y el merchandising son totalmente olvidados. Ningún niño querrá tener el póster de “La Sirenita: Un mágico místico rocambolésquico maravillosérrimo musical” en la pared de su habitación.
  10. Nos olvidamos de que, además de entretener, podemos contar una historia que no olvidarán en su vida.

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No sé qué escribir

Son las 11 de la noche, y no sé qué escribir. 

He estado todo el día pensando qué tema tratar. Tenía una idea muy parecida a aquello de lo que hablé ayer.

"La publicaré otro día", me dije. "No me puedo repetir tan pronto".

Luego, me vino otra idea. Más social, más de industria, más reivindicativa.

"No quiero parecer un guay", me convencí, "de estos que hablan sobre el valor de las personas sin saber el mercado en el que se encuentran. Se por qué pasa esto". La borré.

Así que aquí estoy. Tres días, y ya en blanco.

Hasta que me doy cuenta de que ya estoy escribiendo sobre algo. 

Nos pasamos la vida planificando y buscando una idea perfecta que ejecutar. No nos damos cuenta de que las ideas se forman  haciéndolas. Tener unos planes perfectos es la mejor forma de terminar no haciendo absolutamente nada.

 

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La carrera

Nuestra vida se mide en términos de carrera.

Tu carrera.  

Pero no hay meta, no hay victoria.

Por eso, cuando se habla de éxito, la gente se condena a sí misma a correr desde el mismo sitio. Y por eso, cuando la gente se cree que ha llegado a algún sitio se siente más perdida que nunca.

Decimos muchas veces ese cliché estúpido: "El camino es la meta. La meta es el camino". Pero es muy cierto. Y a la vez es una trampa.

Sabes que no vas a llegar a la meta, pero a la vez tienes que correr hacia algún sitio. Decide. Corre. No importa hacia dónde. Ya lo descubrirás.

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Sobre la ceguera

Existe una dualidad presente en cualquier tipo de acto creativo. Un interruptor que cuesta encontrar, a veces más y a veces menos, y que nos cambia de un modo a otro.

Por un lado está el modo de juego. En él, nos ponemos a probar cosas, lanzamos mierda contra la pared y vemos qué se mantiene, como dirían los americanos.

Por el otro, está el modo edición. Sacamos el hacha matamos a nuestros niños más queridos en pos del bien común, en este caso, comunicar algo a alguien a través de un medio.

Pero, ¿qué pasa cuando nos quedamos en medio? ¿qué pasa cuando no tenemos tiempo para poder coger perspectiva? 

¿Qué pasa cuando nos quedamos ciegos?

Ahí es cuando se demuestra qué tipo de gente has trabajado por mantener a tu alrededor. Si lo has hecho bien, te llevarán al interruptor y podrán guiarte, a veces con caricias, a veces a hostia limpia, al sitio que necesitabas. Si no lo has hecho bien, te llevarán directo al precipicio.

Siempre habrá un momento, antes de lanzar algo al mundo, en el que nos quedaremos ciegos. Por eso conviene sembrar lo más pronto posible, con humildad y perspectiva, y rodearte de gente que no tenga problemas en decirte la verdad dolorosa cuando haga falta, y que te apoyen cuando todo el mundo quiera tirarte abajo.

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5 notas a mí mismo para futuros estrenos

  1. Muy pocas veces vas a conseguir plasmar aquello que tienes en tu cabeza. Lo que tienes en tu cabeza es abstracto, y en el mundo de lo concreto la costumbre es que las personas, la suerte y el tiempo hagan todo lo posible por darte por el culo. Acéptalo con agradecimiento.
     
  2. Cuantas más cosas hagas, más fácil es que más cosas escapen a tu control. Parece al contrario, pero no lo es. Los que se dedican a hacer micromanagement son macroparanoids.
     
  3. No puedes convertirte en enemigo de ti mismo.
     
  4. Si cometes un error, repítelo más veces para convertirlo en estilo.
     
  5. La experiencia es una ventaja y a la vez una trampa. Conocer el precipicio que estás a punto de volver a saltar agota y traumatiza. Olvídate de lo que sabes. No sabes nada.

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Arquetípico o estereotípico

¿Cuál es la diferencia?

Un estereotipo es una etiqueta. Un arquetipo es un patrón.

Ser un estereotipo es ser una vaga generalidad. Ser un arquetipo es ser una especificidad universal.

Un estereotipo es “un hipster”. Un arquetipo es “Ulises”.

Un estereotipo es un polvo de una noche. Un arquetipo es una novia con la que te vas a vivir.

Ser estereotípico es una decisión. Ser arquetípico es inevitable.

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Lo contemporáneo

El arte contemporáneo nace de una necesidad de ruptura. Queremos dejar de racionalizar, de aplicar estructuras ya conocidas para embarcarnos en la nada, en lo incomprensible. Cuando vemos algo de estas características notamos cómo algo nos da un puñetazo en el estómago. Algo invisible que se escapa a cualquier explicación. Es una sensación única y muy propia del siglo en el que vivimos, y algo a lo que cualquiera que se dedique a empresas medianamente artísticas debería aspirar.

Pero detrás de esta enorme promesa se esconde un peligro.

Imagina que entras a un museo cuya mayor atracción es el trabajo de un prestigioso artista europeo. Al llegar allí, te paras y te quedas seco: “Pero si es un puto wáter”. Pero el artista te corrige: “No, no lo es. Yo veo un acto de rebelión hacia las expectativas que uno tiene de un museo y la necesidad de orden del ser humano. Pero tú tienes derecho a pensar lo que quieras. Es arte.”

Todo el mundo asiente. Alguien empieza a aplaudir. El artista es aclamado unánimemente.

El problema es que tú no dejas de sentirte imbécil. “Yo veo un puto wáter”, piensas. “Pero si tanta gente aclama a este artista, que tiene tanta experiencia”, te corriges, “será por algo”.

Y es en ese instante cuando aplicas las estructuras narrativas de expectativa y de prejuicio, cuando ajustas lo que te dices a ti mismo respecto a lo que estás viendo, y cuando aquello que está pensado para removerte las entrañas se convierte en marketing para intelectuales.

Es entonces cuando lo contemporáneo deja de serlo.

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Para quién

El primer problema que tiene que solucionar el creativo es el porqué. Sin un porqué, en los momentos de flaqueza, de presión, en los que nuestro yo más endeble nos conquista, no avanzaremos.

El siguiente problema a solucionar es el para quién.

Para quién haces lo que haces. Tu público invisible al que proyectas lo que estás diciendo. Tampoco puedes elegirlo: es lo que define tu identidad, tu voz. A quién le estás hablando define quién eres, de la misma forma que uno se define por sus amistades o contexto.

Hay gente que habla para pocas personas, hay gente que habla para muchas. Pero nadie habla para todo el mundo. "Todo el mundo" fue un invento del marketing y el entretenimiento del siglo pasado para justificar la falta de métricas. Que te pongan una película en todos los cines del planeta no significa que a todo el mundo que la haya visto le haya afectado de la misma manera. Que seas por edad, género y etnia el público objetivo de un anuncio no implica que deba afectarte en la misma medida que a otra persona de tu mismo demográfico.

El problema es que, a pesar de que hoy en día tenemos la capacidad (y la oportunidad) de encontrar a nuestro verdadero público, a nuestro para quién, seguimos pensando que todo está hecho para todo el mundo.

¿En qué se diferencia algo bueno de algo malo? En la medida en la que una persona tiene éxito transmitiendo su porqué a su para quién. De la misma forma que nadie va a una panadería a pedir un libro, nadie debería pedirle a algo que está hecho de una forma y para un público que sea como ellos quisieran que fuera. Por eso es tan importante quién escribe una crítica, porque son las afinidades con esa persona las que definen el valor de esa opinión que nunca, de ninguna manera, podría ser objetiva.

Internet se convertirá en lo que prometió cuando disfrutemos de comunicarnos con aquellos que nos entienden en lugar de frustrarnos por no entender a personas que no nos están hablando a nosotros.

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La trampa del presente

En interpretación, en dirección, en teatro, en cine, en literatura, se habla muchísimo de disfrutar del presente, de que las cosas surjan en el momento. Es una bonita forma de pedir espontaneidad, autenticidad. Una sensación de verdad que provoque que el público rompa su barrera de incredulidad y cinismo y comulgue con lo que está disfrutando. También es una gran tendencia a nivel empresarial, a nivel personal y de coaching: disfrutar del presente, del aquí y ahora, para olvidarnos de los agobios, de los planes y de las presiones. Para poder estar feliz sin necesitar a nadie más que a nosotros mismos.

Curiosamente, hemos creado una enorme estructura digital alrededor de esta forma de pensar, y se llama Internet/Redes Sociales. Por ejemplo, antes de publicar, Facebook te pregunta:

 “¿En qué piensas?”

En qué piensas ahora. No dentro de una semana, ni en cinco horas, ni hace 2 minutos. Ahora.

Aun más curioso es que una profesión cultural que “busca” alimentar el momento presente detesta, en bastante medida, los efectos de una herramienta creada específica y únicamente para alimentar ese impulso. Y las detesta con razón, porque alimentan toda una serie de actitudes que, en realidad, tienen mucho en común con la ludopatía y otro tipo de adicciones.

Entonces, si vivimos/hacemos las cosas con el único fin de disfrutarlas con toda la presencia de nuestro ser, descubrimos que pueden pasar algunas cosas como estas:

  • Anulamos toda opinión que no se parezca a la nuestra.
  • Negamos la posibilidad de que nuestros sentidos e instintos nos puedan estar engañando.
  • Huimos de todo lo que nos pueda hacer daño.
  • Nos esforzamos demasiado y terminamos haciendo el idiota (esta me encanta).
  • Perdemos perspectiva de metas futuras y de errores pasados.

En definitiva, inhabilita el cambio, aquello que entendemos como “madurez”, “crecimiento”. Cosa que, por cierto, es uno de los factores que más define cuando una historia “funciona”: cuando ves la evolución, el cambio, la trayectoria de un personaje.

El presente es como una flecha sin punta. El presente es una trampa.

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Las historias son cajas

Vomitamos sentimientos constantemente.

Cuando vomitamos un sentimiento, es fácil expresarlo. Para eso tenemos el lenguaje:

"Te quiero". Un <3. Fácil. Limpio.

Pero a veces (muchas veces) sentimos varias cosas a la vez. A veces contradictorias. Casi siempre mezcladas en una bola viscosa de la cual no podemos descomponer sus elementos. Y si intentamos expresarlas solo con el lenguaje, lo normal es que la otra persona o no entienda nada, o (lo normal) entienda lo que le dé la gana.

Para este propósito fabricamos historias.

Cogemos esa bola viscosa, la empaquetamos, la etiquetamos, la adornamos, y le ponemos de destinatario: "para todos los que se sientan así". De tal forma que cuando nos llega el paquete sabemos que es para nosotros.

A veces recibimos un paquete que parecía que era para nosotros, pero al abrir la caja nos asquea, y a veces paquetes que parecían que no eran para nosotros nos sorprenden como el mejor regalo. No es una ciencia exacta, porque al empaquetar y etiquetar algo entran las expectativas, los errores, en el juego.

Últimamente tengo la sensación de que necesitamos que nos tiren bolas viscosas a la cara.

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